jueves, 27 de octubre de 2011

RESUMEN: Santo Tomás de Aquino, De los principios de la naturaleza (Nicolás)

RESUMEN: Santo Tomás de Aquino, De los principios de la naturaleza [1], Madrid, Sarpe, 1983.

El titulo del opúsculo nos dice que la naturaleza tiene principios, leyes que la rigen, y Tomás de Aquino utiliza ni mas ni menos la Filosofía de Aristóteles para explicarlos.

Capitulo primero: Tomás empieza afirmando que, en la Naturaleza hay cosas que son y cosas que pueden ser, Acto y Potencia y que lo que es, tanto como lo que puede ser, puede ser Accidental o Substancial. [2]Para ambos seres (Esencial y Accidental) algo hay en Potencia, por ejemplo; el Hombre es un Ser Substancial, y el Hombre alto (“alto” es el Ser Accidental). Para el primer tipo de Ser, lo que estuvo en Potencia es el semen y el ciclo menstrual, para el segundo tipo de Ser, para que sea alto, algo hubo, en este caso, el Hombre. Ambos tipos de cosas que están en Potencia para el Ser Esencial, como para el Ser Accidental, en principio Tomas lo denomina Materia, para el primero Materia Ex Qua, para el segundo Materia In Qua. Pero en seguida les cambia el nombre por Materia prima para el primero y Sujeto para el segundo. Y así, Tomás afirma "…los accidentes están en el sujeto…", "…que la forma substancial esté en el sujeto es imposible..." [3] De lo dicho se puede inferir que la Materia se diferencia del Sujeto y que la Materia es un Ser incompleto. Ahora podemos entender por que remplazo los términos de Materia Ex Qua e In Qua por Materia prima y Sujeto, y es por que al hablar de Sujeto, tenemos que dividirlo en dos partes, por un lado la Materia y por el otro la Forma. En donde ambas partes del Sujeto se diferencian, la Forma es el Ser Substancial y la Materia el Ser Accidental, este Ser Accidental es incompleto, ya que tiene el Ser de lo que le adviene (lógicamente, la Forma da el Ser a la Materia, ya veremos por que se da así esto). Aquí con estas afirmaciones, Tomás esta dando inicio brusco a un montón de conceptos Aristotélicos que explican la Naturaleza. Conceptos que cuestan un poco familiarizarse o comprenderlos a fondo, pero entre ellos, forman una coherencia única, no existe la contradicción en ningún aspecto, y la estructura lógica de la naturaleza se va notando a medida que pasan los capítulos del texto. Hay dos tipos de Formas, la que hace al Ser Substancial en Acto (Forma Substancial) y lo que hace al Ser Accidental en Acto (Forma Accidental). Un ejemplo de esto podría ser, la blancura es una Forma Accidental que hace al Hombre blanco, el Alma es una Forma Substancial que hace que el semen + el ciclo menstrual, siendo Hombre en Potencia, se haga Hombre en Acto. Con todo esto, Tomás concluye que hay una doble Generación, la Absoluta y la Relativa. Las cuales corresponden a la Forma Substancial la una y a la Forma Accidental la otra. Así también, hay una doble Corrupción (Absoluta y Accidental). La Generación y la Corrupción Absoluta se dan en las Substancias, y Las Relativas en todo lo demás (que quede claro que la Generación es el cambio del No Ser –este No Ser es Ser en Potencia- al Ser y que la Corrupción es el cambio del Ser al No Ser). Para que haya Generación tres cosas hacen falta; Ser en Potencia (Materia), No Ser en Acto (Privación) y aquello por lo que se hace en Acto (Forma). Santo Tomas da el ejemplo de la estatua que viene al caso, porque clarifica mucho lo que esta diciendo "…si del cobre se hace una estatua, la Materia es el cobre, que esta en Potencia para la Forma de la estatua; la Privación, lo que llamamos su No Figuración [4] o no Disposición; la Forma, la Figura por la que se llama estatua, aunque en este caso Forma Substancial sino Accidental, porque el cobre tiene ya Ser en Acto antes de advenirle aquella forma y su Ser no depende de aquella figura [5]…"

Capitulo segundo: La Materia, la Forma y la Privación son los tres principios de la Naturaleza (la Forma es el Fin de la Generación, mientras que los otros dos pertenecen a aquello cuya Generación produce). La privación es no por si, sino por Accidente, ya que coincide con la Materia. El Accidente es doble, hay Necesarios y No Necesarios o sea que se separan del Sujeto, y los que no. Por lo tanto, la Privación es un Accidente de la Materia, un Accidente Necesario. Pero tanto la Materia como la Forma son Principios de la Naturaleza, tanto Principios en el Ser como en el Hacerse (porque en tanto se hace la estatua por ejemplo, es Necesario que no haya estatua). Con el Principio de Privación, vemos como Tomas demuestra claramente que la negación y la afirmación no se puede dar en el mismo momento. La materia prima se la entiende (se la supone) sin alguna Forma y Privación, pero está sometida a la Forma y a la Privación (HYLE). La Materia prima no puede conocerse o definirse por si misma, sino por el compuesto, ya que toda definición y conocimiento lo es por la Forma. Si la Materia prima no tiene Forma, no tiene Ser en Acto ya que este se adquiere por la Forma, y solo es, entonces en Potencia y no se la puede conocer.

Capitulo tercero: Con estos tres principios no puede explicarse la Naturaleza completamente, necesitamos un Principio que Obre, que le de Forma a la Materia (para que este en Acto) y es el Principio de movimiento, Causa Eficiente. También necesitamos otro Principio mas, todo el que obra, no lo hace sino tendiendo a algo (un Fin). En seguida Tomas re-ordena todo en 4 causas (Material, Formal, Eficiente y Final) y 3 Principios (Material, Formal y Privación). Hay, en la Naturaleza, Causas Extrínsecas (Eficientes y Finales) ya que están fuera de la cosa y Causas Intrínsecas (Materia y Forma) ya que son parte de la cosa, la constituyen.

Capitulo cuarto: Creo que este capitulo es el más importante, en el sentido de que Tomás aquí desarrolla 2 tesis importantísimas. Pasare a desarrollarlas. Una vez sabido que son 4 los Géneros, Tomás afirma que no es imposible que una misma cosa tenga múltiples causas, tampoco es imposible que una misma cosa sea causa de cosas contrarias y también que una misma cosa puede ser Causa y Causado con respecto a lo mismo (por ejemplo, caminar es causa de la salud pero a su vez es causado por la salud). También es preciso saber que el cuerpo es Materia del alma y el alma Forma del cuerpo. También la Causa Eficiente es Causa del Fin, a su vez, el Fin no es la Causa de lo que es Eficiente, sino que es Causa de que lo Eficiente sea Eficiente (o sea, la salud no hace al medico ser medico, sino que hace al medico ser Eficiente como medico). Así también el Fin, hace a la Materia ser Materia y a la Forma ser Forma (ya que la Materia no recibe la Forma a No Ser Causa del Fin, y la Forma no perfecciona a la Materia si no a la Causa del Fin). Y aquí llegamos a la primera tesis que es; se dice que el Fin es la Causa de las Causas, ya que la Causa de la Causalidad de todas las Causas.La operación Natural de las cosas más generales procede de lo Perfecto a lo Imperfecto y de lo Completo a lo Incompleto, lo Imperfecto es antes que lo Perfecto según la Generación y el Tiempo, más lo Perfecto es antes que lo Imperfecto en la Substancia. Absolutamente hablando, es menester, que sea antes el Acto que la Potencia ya que lo que reduce la Potencia al Acto esta en Acto y lo que perfecciona lo Imperfecto es Perfecto. Esta es la segunda tesis de la que hablaba más arriba, y la denomino “tesis sobre la existencia de Dios”. Del mismo modo la Materia es antes en la Generación y el Tiempo, pero la Forma es antes en la Substancia y en el Ser Completo. Y lo Eficiente es antes que el Fin en la Generación y el Tiempo, pero el Fin es anterior en cuanto lo Eficiente esta en la Substancia y Completo una vez cumplido el Fin. Con ello se clasifican las Causas; la Materia y lo Eficiente son antes por la Vía de la Generación, pero la Forma y el Fin son antes por Vía de la Perfección.

Capitulo quinto: “...siempre debemos reducir la cuestión a la primera causa…” Advierte Tomas, porque según la lógica, la primera de las Causas es la más Perfecta, el Acto puro y lo más Completo. No cabe la posibilidad que la primera Causa, la más absoluta sea Engendrada, de lo contrario sería Imperfecta, Potencia e Incompleta. En este capitulo breve, trata las Causas y las divide en: Causa remota (universal) y Causa próxima (especifica), Causa por si y Causa accidental, Causa simples y Causas compuestas, Causas en Acto y Causas en Potencia, y por ultimo Causa universales y Causas singulares.

Capitulo sexto: Este último capitulo comienza con una sintetizada visión de la Naturaleza en: Especie, Número y Género, que no hace más que seguir con la interpretación filosófica y aristotélica de la misma. Pero continua y dice; “…Hay tres maneras de predicar algo de muchos: Univoca, Equivoca y Analógicamente…” Unívocamente: es lo que se predica según el mismo nombre y según la misma noción (El hombre y un asno son “animales”). Equívocamente: es lo que se predica según el mismo nombre, pero diversa noción (Can se dice del perro y de la constelación celeste). Analógicamente: es lo que se predica de a muchos, cuya nociones son diversas pero se atribuyen a uno solo (Como cuando se dice que la orina, la bebida o el cuerpo animal es sano). “…no obstante, del modo como la sustancia es Causa de todas las otras cosas, así los principios de las sustancias son principios de todo lo demás…” (La materia, la forma, la privación, la potencia y el acto son principios de la substancia).

[1] De los principios de la naturaleza, escrito en una fecha muy cercana al opúsculo El ente y la esencia ambos escritos en 1256, año en el que Tomás obtiene el titulo de maestro en teología, y asume una de las dos cátedras reservadas a la orden de los dominicanos en la universidad de Paris. En este mismo año, empieza a redactar el primer tomo de la Suma contra los gentiles.

[2] El Hombre es blanco: tanto “Hombre” (Ser Substancial) como “blanco” (Ser Accidental) son acto, por ejemplo
[3] Santo Tomás de Aquino, De los principios de la naturaleza, Madrid, Sarpe, 1983, p. 28
[4] Si no existiera la privación en este trozo de cobre cualquiera, entonces ya sería una estatua y no existiría la Generación. Que en el trozo de cobre haya Privación de tal figura significa la posibilidad de que tal figura pase de Potencia a Acto.
[5] El Arte por ejemplo trabaja con Formas artificiales, por lo tanto Accidentales, ya que trabaja sobre lo que esta constituido en Ser por la Naturaleza.

martes, 20 de septiembre de 2011

La soledad estaba sola (Nicolás)

Rainer Maria Rilke.
Carta VI, Roma, 23 de diciembre de 1903.

Estimado señor Kappus:
No ha de quedar sin mi saludo, ahora que llegan las Navidades, y que en medio de tantas fiestas debe pesarle su soledad más aún que de costumbre. Pero si siente que esta soledad es grande, alégrese. Pues -así ha de preguntárselo a sí mismo- ¿que sería una soledad que no tuviera su grandeza? Sólo hay una soledad. Es grande y difícil de soportar. Y casi a todos nos llegan horas en que de buen grado la cederíamos a trueque de cualquier convivencia. Por muy trivial y mezquina que fuere. Hasta por la mera ilusión de una ínfima coincidencia con cualquier otro ser. Con el primero que se presente, aunque resulte tal vez el menos digno. Mas acaso sean éstas, precisamente, las horas en que la soledad crece, pues su desarrollo es doloroso como el crecimiento de los niños y triste como el comienzo de la primavera. Ello, sin embargo, no debe desconcertarle, pues lo único que por cierto hace falta es esto: Soledad, grande, íntima soledad. Adentrarse en sí mismo, y, durante horas y horas,
no encontrar a nadie... Esto es lo que importa saber conseguir. Estar solos como estuvimos solos cuando niños, mientras en derredor nuestro iban los mayores de un lado para otro, enredados en cosas que parecían importantes y grandes, sólo porque ellos se mostraban atareados, y porque nosotros nada entendíamos de sus quehaceres.
Ahora bien: si un día se acaba por descubrir cuán pobres son sus ocupaciones, y se echa de ver que sus profesiones están yertas y faltas ya de todo nexo con la vida, ¿por qué no seguir entonces mirando todo eso con los ojos de la infancia, como si fuese algo extraño? ¿Por qué no mirarlo todo desde la profundidad de nuestro propio mundo, desde las extensas regiones de nuestra propia soledad, que es también trabajo y dignidad y oficio? ¿Por qué empeñarse en querer cambiar el sabio no-entender del niño por un espíritu constantemente en guardia y lleno de desprecio frente a los demás, ya que no comprender es estar solo, mientras defenderse y despreciar equivale a tomar parte en aquello de lo cual uno quiere precisamente desligarse por tales medios?
Piense, muy estimado señor, en el mundo que lleva en sí mismo, y dé a este pensar el nombre que guste. Así sea recuerdo de la propia infancia, o anhelo del propio porvenir. Sobre todo, permanezca siempre atento a cuanto se alce en su alma, y póngalo por encima de todo lo que perciba en torno suyo. Siempre ha de merecer todo su amor cuanto acontezca en lo más íntimo de su ser. En ello debe usted laborar de algún modo, y no perder demasiado tiempo ni demasiado ánimo en esclarecer su posición frente a sus semejantes. ¿Hay acaso quien pueda asegurarle que usted tiene siquiera posición alguna?.
Ya sé, su carrera (9) es para usted dura y llena de cosas que se hallan en contradicción con su modo de ser. Yo preveía su queja y sabía que no dejaría de llegar. Ahora que ha llegado, no sé cómo aquietarla. Sólo puedo aconsejarle que considere si todas las profesiones no son también así: llenas de exigencias y de hostilidad para cada individuo y, en cierto modo, saturadas del odio de cuantos se han conformado, mudos y huraños en su sordo rencor, con el cumplimiento de un deber insulso y gris, falto de toda ilusión... (10) La posición en que ha de vivir ahora no se halla más gravada de convencionalismos, prejuicios y errores, que cualquier otro estado. Si bien hay algunos que hacen alarde de mayor libertad, no existe de veras ninguno que por dentro sea desahogado y amplio, y tenga relación con las grandes cosas en que consiste la verdadera vida. Únicamente el hombre solitario está sometido, cual una cosa, a las leyes profundas de la naturaleza. Y cuando uno sale al encuentro de la naciente mañana, o con su mirada penetra en la noche preñada de aconteceres, sintiendo cuanto ahí acaece, entonces despréndese de él, cual de un muerto, toda condición, aunque él se halle en medio del más puro vivir.
Lo que usted, muy estimado señor Kappus, ha de sentir ahora como militar, lo habría sentido de modo parecido en cualquier otra carrera. Y aun cuando, fuera de todo cargo y empleo, hubiese procurado mantener con la sociedad tan sólo una tenue forma de contacto, que dejase a salvo su independencia, no por eso le habría sido ahorrado el sentirse cohibido. En todas partes ocurre lo mismo, pero esto no ha de ser motivo para sentir angustia ni tristeza. Si no hay nada de común entre usted y los hombres, procure vivir cerca de las cosas. Ellas no le abandonarán. Aun hay noches y vientos que van por entre los árboles y por encima de muchas tierras. Aun, en cosas y animales, está todo lleno de acaeceres que usted puede compartir. Y también los niños siguen siendo todavía como usted fue de niño: tan tristes y tan felices. En cuanto usted piense en su propia infancia, volverá a vivir entre ellos, entre los niños solitarios. Y entonces las personas mayores ya no significarán nada, ni tendrá valor alguno toda su dignidad.
Si le angustia y le tortura el pensar en la infancia, en la sencillez y quietud que con ella van enlazadas -porque usted ya no sabe creer en Dios, que está presente en todo ello-, pregúntese entonces a sí mismo, querido amigo, si es que de veras ha perdido a Dios. ¿No será más cierto que nunca lo ha poseído aún? Pues ¿cuándo habría podido ser? ¿Cree usted que un niño pueda tenerle a El, a quien sólo con gran esfuerzo logran llevar los que ya son hombres, y cuyo peso doblega a los ancianos? ¿Cree usted que si alguien lo poseyera de verdad, podría jamás perderle como se pierde una piedrecita? ¿No le parece mas bien, como a mí, que quien lo poseyese, ya sólo podría ser perdido por El?... Ahora bien: si usted reconoce que El nunca se halló en su infancia, y que antes tampoco fue; si llega a sospechar que Cristo fue deslumbrado por su inmenso anhelo, y Mahoma engañado por su gran orgullo; si con espanto siente que tampoco ahora está presente, en este mismo instante en que de El estamos hablando, ¿con qué derecho pretende entonces echarlo de menos, a El que nunca fue, como a un ser que hubiese pasado y desaparecido? ¿Y qué le autoriza a buscarlo como si se hubiera perdido? ¿Por qué no piensa más bien que El es Aquél que aun ha de venir, el que desde hace una eternidad está por llegar : El Venidero (11), fruto supremo de un árbol cuyas hojas somos nosotros? ¿Qué le impide proyectar Su nacimiento hacia los tiempos por venir? Y ¿qué le priva de vivir su propia vida, como se vive un día doloroso y bello en la larga historia de una magna preñez? ¿No ve cómo todo cuanto acontece es siempre un comienzo? Y ¿no podría ser esto el principio de El, ya que todo comenzar es en sí tan bello? Si El es El Más Perfecto, ¿no ha de precederle forzosamente algo menos grande, para que El pueda elegir su propio ser de entre la plenitud y la abundancia? ¿No debe El ser El Ultimo, para poder abarcarlo todo en sí mismo? ¿Qué sentido tendría nuestra existencia si Aquél a quien anhelamos hubiera sido ya?...
Así como las abejas liban y juntan la miel también nosotros extraemos de todo lo más dulce para edificarle a El. Podemos iniciarlo también con lo ínfimo. Con lo que menos presencia tenga -siempre que suceda por amor. Con el trabajo y luego con el reposo. Con un silencio. Con una pequeña y solitaria alegría. Con todo cuanto realicemos solos, sin partícipes ni seguidores, iniciamos a Aquél que no alcanzaremos a conocer, como tampoco nuestros antepasados pudieron conocernos a nosotros. Sin embargo, esos que hace tanto tiempo pasaron, están aún dentro de nosotros. Como depósito, herencia y fundamento. Como carga que pesa sobre nuestro destino. Como sangre que bulle, y como ademán que se alza desde las profundidades del tiempo. ¿Hay algo que logre arrebatarle la esperanza de llegar algún día a estar del mismo modo en El, que es El Más Lejano, El Supremo?...
Celebre, estimado señor Kappus, las Navidades con el piadoso sentimiento de que El, para poder empezar, necesite tal vez de esta misma angustia que usted abriga frente a la vida. Precisamente estos días de transición son quizás la época en que todo en usted labora para moldearle a El, como también antes, cuando niño, trabajó ya, anhelante, en darle forma. Tenga paciencia y serenidad. Y piense que lo menos que podemos hacer es no ponerle nosotros más trabas a su desarrollo que la tierra a la primavera, cuando ésta quiere llegar. ¡Quede contento y confiado!

Su Rainer Maria Rilke.

martes, 30 de agosto de 2011

John Fiske, El destino del hombre (Nicolás)

RESUMEN: John Fiske. El destino del hombre. Traducción de Marcelino Ortiz. Ediciones Tor. Buenos Aires. 1942

El Dante, como toda la cultura humana de la época aquella, que se manifiesta en el eco de sus voces claras y armoniosas, consideraban a la tierra, el hermoso hogar del hombre, como el centro del universo y todo venía a reunirse en ella por estar organizadas las cosas para realzar la utilidad que pudiera lograr: el sol dándonos luz y calor, las estrellas presidiéndole en su carrera y detenidas en su enigmático destino; el soplo del viento haciendo estremecerse a la Naturaleza; inundaciones y diluvios; el demonio representado en la peste, lanzada sobre los campos y ciudades, todo testimoniaba la bendición o la culpa, y que el más elevado de los seres creados por Dios es el hombre. Toda la teología se basaba sobre concepciones de esta naturaleza.

¡Bajemos de su trono de una vez a la Humanidad!; ¡mirémosla como un simple incidente local dentro de una serie interminable e infinita de cambios cósmicos sin objeto!, y ¡arribemos a una doctrina que, bajo no interesa cual nombre, no es otra cosa que el Ateísmo!. Es el Ateísmo quien cambiara a la Humanidad de su especialísima posición en el mundo, y la arrojara en medio de su suerte, con las plantas que se marchitan, y las bestias que perecen. Ha sido el primer resultado de una de las más grandes y más irrebatibles verdades de la ciencia moderna, nuevamente descubierta, y confusamente comprendida, el de hacer descender a la Humanidad de su solio en el Mundo, y obligarla a ocupar un papel por completo subalterno y trivial. Los contemporáneos de Copérnico suponían que la nueva teoría destruía la teología cristiana en gran parte. En un universo en el que todo ha sido hecho sin visible relación al hombre, ¿Qué vendía a ser del preparado esquema de salvación en el cual parece todo apoyarse sobre el postulado de que el único objeto de premeditación del Dios Creador no era otro que la alimentación y cuidado del curso de la Humanidad?

Ahora bien, otra revolución se produjo a continuación y fue, una salida a este Ateísmo vacuo; el hombre no es únicamente un vertebrado, mamífero y primado, sino que pertenece a la catarrina familia de los monos, de la que es un género. Esta es la conclusión a que ha arribado la ciencia moderna con la aparición de El origen de las especies.

Es necesario reconocer que, la Humanidad, en esta situación, no puede considerarse como ocupando un lugar privativo y propio en el universo, sino que viene a ser un simple incidente dentro de una serie incalculables de cambios.

El sencillo y pródigo suceso de la supervivencia del más apto, con su poder ilimitado y eterno, se revela en la vida física del universo, no parece que tuviera parentesco alguno con nuestra alma. La creencia de un interés de beneficio, parece que debiera ser excluida de la Naturaleza, y un ciego proceso conocido por la Selección Natural es la diosa que no duerme ni descansa. Descuidada del bien y del mal, es decir, sin ética.

Si miramos bien la historia, y leemos bien a Darwin, nos damos cuenta que, lejos de degradar a la Humanidad, a colocarle en el mismo nivel el mundo animal, nos pone de manifiesto, en forma clara por vez primera, que la creación y perfeccionamiento del hombre es el fin hacia el cual ha ido inclinándose el trabajo de la Naturaleza; amplía la significación de la vida humana; poniéndola sobre una eminencia todavía más pronunciada y elevada de la que pensaron poetas y profetas, y la hace resaltar vigorosamente, considerándola como la principal formalidad de la actividad creadora que en el universo físico se revela.

En el Hombre, las escisiones con el mundo animal[1] –y vegetal también- comienzan por la acumulación de diferencias físicas. Pero llega al fin un momento admirable, prodigioso, silencioso, oculto, desconocido, como todos los comienzos de las grandes revoluciones; silencioso y escondido llega aquel sublime momento, a partir del cual las transformaciones psíquicas comienzan a ser de importancia más grande que lo habían sido los exclusivamente físicos en el bruto predecesor del hombre. El proceso de las variaciones zoológicas ha llegado a un fin, y una era de transformaciones psíquicas se inicia. Desde entonces, sólo esta suprema línea de generación llevara adelante la Evolución. De ahora en adelante, el aspecto preponderante de la Evolución será, no la génesis de las especies, sino el perfeccionamiento de la civilización. Lo que el Darwinismo nos está proponiendo es que la creación del hombre es el fin hacia el cual la naturaleza ha tendido desde el comienzo. El glorioso término del largo y obscuro trabajo de la naturaleza, no es la producción de seres más elevados, sino el mejoramiento de la Humanidad –de los hombres, el principal de los seres creados-.

La selección natural[2] a hecho desaparecer clases de vegetales y clases de animales, ha hecho surgir nuevas especies, y lo ha hecho de manera desenfrenada, hasta que el hombre se ha transformado en humano, y se produce un cambio completo en la naturaleza, por la cada vez más directa dependencia que se establece entre la vida de los seres y la voluntad de aquel; él decide a su agrado cuáles plantas y animales subsistirán sobre la tierra, y cuales de ellas han de desaparecer de su faz. Crea variedades de frutas, flores, cereales: logra animales que le sirven para asociarlos a sus labores en el progreso de la civilización[3] hasta que, por último, principia a adquirir superioridad sobre las fuerzas mecánicas, moleculares y químicas, destinadas indudablemente, en lo futuro, a dar un resultado acabadamente prodigioso y hoy apenas soñado. La selección natural irá perdiendo importancia en comparación con la llevada a cabo por el hombre. En la misteriosa historia de la creación se ha abierto un capítulo completamente nuevo.

“Progreso” se llama a éste nuevo capítulo, en donde el Hombre se ha despojado de la herencia animal; progreso significa, su paulatino lanzamiento a través de edades de lucha que poco a poco llegarán a resultar vanas e inútiles. El hombre va pasando pausadamente de un estado socialmente primitivo, en el que era algo mejor que un bruto, y marcha hacia un último estado en el que sus características se hallarán tan transformadas que no será posible notar en él lazo alguno de unión con el animal.

La Teología[4] ha podido decir mucho al respecto del pecado original. Este pecado estriba en la herencia del bruto que todo hombre lleva en sí, y el proceso de la evolución es un adelanto hacia la verdadera salvación. El profeta moderno, usando los métodos de la ciencia, puede proclamar de nuevo que el reino de los cielos está en nuestras manos.

Hemos visto, como, la doctrina de la evolución no nos lleva a tomar un punto de vista ateísta al respecto de la posición del hombre. Ahora bien, ¿Cuál es el destino del hombre? Suponemos que el que considera al hombre como el fruto acabado de la energía creadora, y la principal razón del Divino Cuidado, es llevado casi irresistiblemente a la creencia de que el camino de las almas no termina con esta vida sobre la tierra. Así, al igual que Spencer, se considera que la energía divina que se ha evidenciado a través del universo conocido, es la misma energía que se alza en nosotros bajo la forma de conciencia. Ésta chispa divina adquiere tanta concentración y fuerza suficiente que la hará capaz de sobrevivir al aniquilamiento de las formas materiales. El futuro esta iluminado con las formas resplandecientes de la esperanza. La lucha y el dolor se extinguen. La paz y el amor reinaran como soberanos.

Ahora bien, ¿Quién es John Fiske? Uno de los tantos darwinistas sociales que hay. En este caso, Fiske, discípulo fiel a las doctrinas evolucionistas sostiene –al igual que Spencer- que los problemas humanos decaen con el hombre por la ortodoxia. Admitiendo como esperanza la supervivencia del elemento espiritual. Fiske sostiene que la formación de ese elemento espiritual ha sido el objeto de las energías del Universo.



[1] “…más de un autor ha preguntado por qué en unos animales se han desarrollado las facultades mentales más que en otros, cuando tal desarrollo hubiese sido ventajoso para todos; por qué no han adquirido los monos las facultades intelectuales del hombre. Podrían asignarse diferentes causas; pero, como son conjeturas y su probabilidad relativa no puede ser aquilatada, sería inútil citarlas. Una respuesta definitiva a la última pregunta no debe esperarse, viendo que nadie puede resolver el problema más sencillo de por qué, de dos razas de salvajes, una ha ascendido más que la otra en la escala de la civilización, y esto evidentemente implica aumento de fuerza cerebral.” Charles Darwin. El origen de las especies. cervantesvirtual.com. Traductor, Antonio de Zulueta. p.194

[2] “Se ha dicho que yo hablo de la selección natural como de una potencia activa o divinidad; pero ¿quién hace cargos a un autor que habla de la atracción de la gravedad como si regulase los movimientos de los planetas? Todos sabemos lo que se entiende e implican tales expresiones metafóricas, que son casi necesarias para la brevedad. Del mismo modo, además, es difícil evitar el personificar la palabra Naturaleza; pero por Naturaleza quiero decir sólo la acción y el resultado totales de muchas leyes naturales, y por leyes, la sucesión de hechos, en cuanto son conocidos con seguridad por nosotros. Familiarizándose un poco, estas objeciones tan superficiales quedarán olvidadas.” Charles Darwin. El origen de las especies. cervantesvirtual.com. Traductor, Antonio de Zulueta. p.67

[3] “La variabilidad no es realmente producida por el hombre; el hombre expone tan sólo, sin intención, los seres orgánicos a nuevas condiciones de vida, y entonces la naturaleza obra sobre los organismos y los hace variar. Pero el hombre puede seleccionar, y selecciona, las variaciones que le presenta la naturaleza, y las acumula así del modo deseado. Así adapta el hombre los animales y plantas a su propio beneficio o gusto…” Charles Darwin. El origen de las especies. cervantesvirtual.com. Traductor, Antonio de Zulueta. p.440

[4] “No veo ninguna razón válida para que las opiniones expuestas en este libro ofendan los sentimientos religiosos de nadie. Es suficiente, como demostración de lo pasajeras que son estas impresiones, recordar que el mayor descubrimiento que jamás ha hecho el hombre, o sea la ley de la atracción de la gravedad, fue también atacado por Leibnitz «como subversiva de la religión natural y, por consiguiente, de la revelada». Un famoso autor y teólogo me ha escrito que «gradualmente ha ido viendo que es una concepción igualmente noble de la Divinidad creer que Ella ha creado un corto número de formas primitivas capaces de transformarse por sí mismas en otras formas necesarias, como creer que ha necesitado un acto nuevo de creación para llenar los huecos producidos por la acción de sus leyes».” Charles Darwin. El origen de las especies. cervantesvirtual.com. Traductor, Antonio de Zulueta. p.452

martes, 9 de agosto de 2011

José Luis Romero, La cultura occidental (Nicolás)

RESUMEN: José Luis Romero. La cultura occidental, del mundo romano al siglo XX. Editorial Siglo Veintiuno. Buenos Aires. 2011

El complejo cultural resultante de la interacción de elementos romanos, hebreo-cristianos y germánicos que se constituyó en el Occidente de Europa afirmó la Cultura Occidental.
El legado romano constituía una sólida realidad, la cultura occidental se desarrollo sobre suelo romano, y la romanizad debía aportarle sus estructuras fundamentales. La romanización fue mucho más intensa en el Oeste de Europa que en el Este. Lo que se llamo Imperio Romano de Occidente no contaba con tradiciones indígenas de gran alcurnia. Iberos, Celtas, Italiotas y otros grupos menores cubrían las tierras que los romanos conquistaron durante la época republicana, y ninguno de ellos pudo resistir a la capacidad de catequesis de que dio prueba roma.
Bajo el peso del orden político y jurídico romano, apenas subsistió nada de las tradiciones de las poblaciones indígenas del Occidente, y lo que subsistió procuró adecuarse al riguroso marco que lo constreñía.
El vigoroso formalismo romano plasmó una idea del mundo que reemplazó a los débiles de creencias tradicionales de las poblaciones indígenas del Occidente, ese formalismo romano que consistió, una tendencia a crear sólidas estructuras convencionales para conformar el sistema de la convivencia. Tras el formalismo se ocultaba un realismo muy vigoroso, realismo que operaba eficazmente sobre la vida práctica confiriéndole a la experiencia a la experiencia un alto valor muy por encima de la pura contemplación. Esto llevaba a un activismo radical y a un individualismo acentuado.
Como miembro de una comunidad política, el romano aspiraba a realizarse como ciudadano, distinguiéndose en las funciones públicas, recorriendo el cursus honorum y alcanzando una gloria terrena cuya expresión era la perennidad del recuerdo. Riqueza y poder acompañaban subrepticiamente a esa idea de gloria obtenida por el servicio de la comunidad, como aspiraciones del romano, para quien la vida se realizaba sobre el mundo terreno y para quien la muerte constituía ese vago reino de sombras que Virgilio abría descripto en el canto VI de la Eneida.
Ahora bien, la difusión del cristianismo contribuyó a la crisis del Imperio, pues el cristianismo, en efecto, condenó radicalmente esta concepción de la vida. Religión de origen oriental, religión de salvación, religión de conciencia, el cristianismo negaba de modo categórico el valor supremo de la vida terrena y transfería el acento a la vida eterna que esperaba al hombre después de su muerte.
Vanidad era la riqueza, el poder y la gloria que podían adquirirse en la ciudad terrestre, a la que el cristianismo oponía la ciudad celeste, la verdadera ciudad de Dios. Vanidad era el amor humano, el goce intelectual, el refinamiento de la sensualidad, la acción. Vanidad era pues la vida misma tal como el romano la concebía, y quien se entregaba al cristianismo desertaba inevitablemente de la romanizad. El número de cristianos creció, se organizó la iglesia, y finalmente la iglesia desalojó a la religión de la triada capitolina por decisión de Teodosio el Grande. ¿Cómo se organizó la iglesia? Según el esquema del Imperio, y cuando éste cayó, subsistió esa nueva organización. Frente a los germanos que asumieron la dirección política de los nuevos reinos, y frente a la nueva realidad que esos reinos configuraron, el legado cristiano se ofreció de diversas maneras. Consistió, ante todo, en la organización eclesiástica que el imperio había alojado, en la idea de un orden jerárquico de fundamento divino y en la idea de ciertos deberes formales del hombre frente a la divinidad. Este legado fue adoptado tras las invasiones germánicas por una sociedad constituida sobre el hecho de la conquista, y convulsionado por los fenómenos de acomodación social que siguieron a ésta.
Frente a los otros dos, el legado germánico fue el más simple. Los conquistadores traían consigo una idea de la vida menos elaborada, más espontánea y más libre. Creían en lo que hay de naturaleza en el hombre y exaltaban sobre todo el valor y la destreza, el goce primario de los sentidos y la satisfacción de los apetitos. El ideal heroico encarnaba su suprema aspiración, y lo impusieron como desiderátum cuando constituyeron las aristocracias de los reinos que fundaron por la conquista.
Los tres legados confluyeron en las nuevas sociedades que se constituyeron a raíz de la conquista germánica de Imperio Romano de Occidente.
La primera etapa de la confluencia de los tres legados –romano, hebreo-cristiano y germánico- cubre los siglos de lo que habitualmente se llama Edad Media (siglos V l XV) y que acá llamaremos Primera Edad, porque al periodo que nos referimos constituye una novedad en cuanto conjuga de manera singular aquellos tres legados, configurando un estilo cultural nuevo que persistirá por muchos siglos en Occidente. Si bien, el periodo entero mencionado formó parte de lo que decíamos, fue con la llegada del orden cristiano-feudal que se constituyó, con pleno vigor, como un sistema ajustado a la realidad económica, social y política en el que habían hallado su equilibrio los tres legados, tanto en el plano institucional como en el plano espiritual. Este orden cristiano feudal entro en crisis en el siglo XIII por planteos sobre la hegemonía del poder. Se planteaba el problema de si el poder de Dios se delegaba por igual en el emperador y en el papa –esto es, en los representantes del poder temporal y del poder espiritual- o si por el contrario el vicario de Dios recibía la totalidad del poder y delegaba el poder temporal en el emperador.
El orden cristiano-feudal resultó –repitámoslo- de un sometimiento de la concepción germánica de la vida al sistema de fines que le impuso el cristianismo. Un ideal histórico de la vida, propio de las aristocracias, se conjugaba con una sobrevaloración del trasmundo, propia del cristianismo. Pero ese orden desdeñaba la significación de la realidad inmediata y con ella la del hombre común, para quien la vida no era heroísmo sino lucha con el contorno y aspiración primaria a dominarlo para alcanzar por grados una felicidad que iba desde la satisfacción de las necesidades elementales hasta los mayores refinamientos del lujo. Riqueza, goce y poder eran ideales que estaban implícitos en la concepción romana de la vida, adormecida durante siglos, pero pronto a desatarse cuando las condiciones lo permitieran.
El orden cristiano-feudal agrupaba bajo el rubro de “labradores” a todos los que ejercían la actividad económica. Ignoro pues, y por mucho tiempo aún, que esa actividad se había diversificado y había dado origen a la formación de ciertos grupos sociales que dedicaban su actividad a la manufactura y al comercio, a los que imprimieron gran desarrollo, a la burguesía.
Así, la romanidad despertó con la naciente burguesía, que basaba sus posibilidades en el activismo y comenzó a desdeñar la pura contemplación y a estimar el mundo más que el trasmundo.
Naturalismo, activismo e individualismo. Amor, goce, y sensualidad. Y poco a poco se insinúa la preocupación por el dominio de la naturaleza, esto es, por la técnica.
Ahora si, la Segunda Edad (esto es, la llamada Edad Moderna) La acción constituye ahora, inequívocamente, la vocación de la mayoría. Acción que tiene sus objetivos en el mundo terrenal y se dirige a satisfacer necesidades del hombre: se persigue la gloria o la riqueza, pero cada vez más la riqueza. Para lograrla, parece necesario alcanzar el dominio de la naturaleza que la esconde, descubrir métodos, inventar mecanismos, calcular efectos y resultados, encadenar procesos. El conocimiento de la naturaleza –utilitario o desinteresado- obsesiona a la gente que ha empezado a mirar su contorno con nuevos ojos. El hombre comienza a sentirse el más alto valor de la creación, o acaso, para algunos ya, de la naturaleza, en la que se reconoce una realidad acabada.
La danza de las cifras fantásticas comenzó a embriagar a muchos espíritus y a atraer a muchas voluntades, hacia una actividad que se organizaba ahora dentro de un sistema económico –el capitalismo- que debía regir por muchos siglos al mundo entero.
Ver y pensar, imaginar ciertos preceptos, someterlos a reiteradas pruebas e hilvanar luego principios generales, que se comprueban en la práctica, son experiencias tan embriagadoras que llenan al hombre de confianza en sus propios recursos.
Con todo esto, la nueva imagen de la vida tenía demasiado vigor para agotarse y, frente a la autoridad que encarnó la defensa de los viejos ideales, se limitó a enmascararse, a encubrir su verdadera fisonomía y a tratar de parecer inofensiva y dócil.
O sea, tras la irrupción del legado romano y el reconocimiento de su vigencia, el primer ajuste de los legados de Occidente se resuelve en otro más complejo que modifica las proporciones de los elementos integrantes y transporta suavemente el acento de unos problemas a otros. Este proceso volverá a repetirse una y otra vez, y de ahí la complejidad cada vez mayor del panorama de la cultura occidental. El desarrollo del capitalismo se produce con paso firme: las aristocracias se aburguesan. El hombre parece ser la última realidad, con sus necesidades, sus pasiones, pero también con sus ideales. El supuesto de la nueva actitud espiritual –lo que se reconoce bajo el nombre de Ilustración o Iluminismo- fue el primado de la razón. De ese supuesto arrancaba una idea del hombre y del sentido de su vida que pareció revolucionaria, aunque tenía ya siglos de elaboración –muchos de sus elementos eran típicamente cristianos-. Esta nueva conciencia unas veces condujo a la revolución –como en Inglaterra en el siglo XVII, y en los Estados Unidos, Francia o las colonias Españolas en la siguiente centuria-, otras veces buscó caminos más sutiles para triunfar. Se instaló en los típicos representantes del orden tradicional y originó ese curioso fenómeno del “despotismo ilustrado”.
En fin, la burguesía triunfaba, y con ella la idea de la vida que la alimentaba desde hacía cinco siglos. El mundo afirmaba su valor sobre el trasmundo, precisamente cuando Kant afirmaba la imposibilidad de conocer el númeno. Por un instante pareció que la tradición cristiano-feudal había sido definitivamente aniquilada, y que la Segunda Edad había impreso un nuevo sello a la cultura occidental. Pronto se vería, una vez más, que nada se pierde y todo se transforma en el mundo de la cultura.
En la Tercera Edad –llamada Edad Contemporánea- surgió un movimiento llamado Romántico, fue una reacción contra el Iluminismo. El tradicionalismo, el retorno a lo medieval idealizado, la exaltación del nacionalismo y el cristianismo, todo ellos apareció de pronto en las conciencias occidentales como una revelación, como si las conciencias occidentales hubieran descubierto que debían volver a lo que juzgaban –sin pensarlo mucho- que era su cauce tradicional. Ésta Tercera Edad resultó de la transición que se opera en el área de la cultura occidental a partir del momento en que confluyen en su seno las consecuencias de las dos revoluciones –la política de la burguesía francesa y la nueva revolución técnico-económica inglesa-, confluencia cuya primer manifestación visible es una renovación en la concepción de la vida, que, paradójicamente, se manifiesta como típicamente tradicionalista.
Cuando alguno pregunta es qué consiste la mutación, se contesta que sólo se trata de un retorno: al cristianismo, a las tradiciones patrias, al espíritu medieval. Pero no nos engañemos: es sólo un nuevo enmascaramiento.
Ciertamente, nada se ha perdido. El orden cristiano-feudal de la Primera Edad se reajustó al comienzo de la Segunda adjudicando un significado más alto al legado romano. Ahora, un poco más de metafísica, un poco más de trasmundo. Pero no con las circunstancias de antes sino con las circunstancias nuevas: con la experiencia adquirida durante la Segunda Edad.
De todos modos, el romanticismo no expresa aún el nuevo ajuste de los elementos de la cultura occidental que caracterizará a la Tercera Edad, sino tan solo el estentóreo alerta dado para que nadie olvide cuales son esos elementos. La gran revolución de la Tercera Edad es la revolución de las cosas, a la que acompaña fielmente una tendencia revolucionaria en cuanto concierne a las relaciones entre las cosas y los hombres. A la fuerza del brazo humano comenzaron a agregarse otras innumerables fuentes de energía y variadísimos recursos mecánicos para acrecentar el proceso de transformación de las materias primas en productos manufacturados. También acompaña a esta característica de la Tercera Edad, una radical inestabilidad en las situaciones de los individuos.
El retorno a la metafísica que se desarrollo, proviene de la línea tradicional, en la que se funde el legado clásico y el legado cristiano. También, de tradición romana y cristiana es la tendencia de la cultura occidental a la universalidad – pero en tanto que el cristianismo concebía una universalidad virtual independiente del universo concreta y la romanizad erigía en universo aquella parte del universo concreto que constituía su propia área del poder e influencia, la cultura occidental de esta Tercer edad, ha procurado llegar a asimilar la idea abstracta de universalidad con un universo concreto del que trató de conocer la totalidad.
Solo las regiones polares quedaban por explorar cuando la cultura occidental entró es esta Tercera Edad. El resto no sólo había sido reconocido, sino que había sido sometido a un gigantesco experimento de transculturación mucho más audaz e intensa que el que realizaron los romanos. Convencida de que era universal, de que sus principios valían para el hombre cualesquiera que fueran sus tradiciones y sus hábitos, la cultura occidental tomó posesión prácticamente del mundo y lo introdujo en su área de influencia, unas veces mediante la catequesis religiosa, otras mediante la explotación económica o el dominio político, y casi siempre por medio de una eficaz difusión de sus medios técnicos: la higiene y la medicina, la alfabetización de grandes masas y sobre todo la tecnificación industrial.
Ahora bien, un nuevo ajuste será entonces necesario, y acaso concluya con él esta Tercera Edad de la que somos apasionados testigos. Claro esta que, pasarán sus formas temporales, pasarán los que ejercen la supremacía dentro de su ámbito, pasará el mundo dividido, pero la cultura occidental no pasará. Como no han pasado nunca del todo al oscuro abismo del olvido la China de Confucio o la India de Buda, la Grecia de Platón o la Roma de Virgilio. Porque es propio de la creación del hombre sobreponerse al efímero destino del que le ha dado vida y renovarse en los hijos de los hijos.

Francisco Romero, La cultura occidental (Nicolás)

RESUMEN: Francisco Romero. “La cultura occidental”, publicado en la revista Realidad. 1948

El hombre es un ser abierto, en tensión, en proyección. Apenas traspasa los linderos de la animalidad y de la vida semi-animal, esclavas de las más imperiosas exigencias vitales, aspira sin reposo, en lo que se pudiera denominar provisionalmente un anhelo de infinitud o de absoluto. Para que su vida tenga sentido, necesita proyectarla sobre una magnitud que infinitamente la sobrepase. “La vida –ha escrito Simmel- es siempre más vida y más que vida”. La vida, pues, es aquello que no se satisface con lo que ella misma es en cada instante. El hombre, por la inteligencia y también por el sentimiento, es en cuanto sujeto y en cada unidad el ser universal; toma el mundo a su cargo, lo convierte en asunto suyo, quiere comprenderlo y modificarlo, lo aprueba o desaprueba. Ese antropocentrismo de las religiones y de las filosofías, que tantas veces ha parecido ingenuo y anticientífico, encarna una verdad profunda. El hombre se sitúa por encima de la naturaleza, la domina y la envuelve. Al convertir la totalidad en asunto suyo, el hombre vive de continuo en intención de totalidad; sólo hay una cosa que cabalmente lo satisfaga, y esa cosa se llama: todo. Para dar sentido pleno a su existencia tiene que enfocarla hacia el todo, así en el orden del conocimiento como en el de las realizaciones. Nada parcial le contenta definitivamente.
La cultura de la India, la de China y la Occidental supieron hallar, cada una a su modo, una formula de la totalidad.
La cultura Hindú, los seres coinciden con el anhelo y el propósito de reintegrar en la gran realidad única la propia existencia del sujeto. El hombre ve lo absoluto en el gran fondo metafísico único, sola realidad verdadera, en la cual procura desleírse y anularse para dar sentido a su propia vida, que como existencia separada y transitoria es ilusión, apariencia, una pura nada.
En la China tradicional, el individuo significa poco; la vida del hombre aislado, del soltero en cualquier tipo de existencia extra-familiar es imposible y casi inconcebible, salvo en la condición de ermitaño taoísta o monje budista. Configurada así la vida humana con un predominio de los modos familiares y comunales, alcanza su sentido en función de ellos y sin una significación considerable de la existencia propiamente personal.
Podemos hallar una nota común en estas actitudes índica y china: la subordinación voluntaria del individuo a una instancia ultra-personal. Es como si los hombres de esas culturas se arrojaran al agua, pero con intenciones diferentes: el hindú para ahogarse, el chino para flotar pasivamente a merced de las olas. En ambos hay una voluntad de abandono, una entrega; en ambos el hombre se resigna y dimite.
En oposición a ellos, el occidental mantiene su autonomía, guarda distancia frente a sus contornos y preserva en él y robustece el principio individual.
La India dice: “todo”. La China dice “nosotros”. El Occidental tiene también su palabra; dice: “yo”.
Sin duda el Oriente, representado por sus dos cosmovisiones más grandiosas, ha sabido hallar dos claves que satisfacen el requisito de totalidad, indispensable para dar un sentido a la vida. Lo malo –por lo menos desde nuestro punto de vista occidental- es que una de esas claves niega la vida y la otra la paraliza.
El hindú niega el tiempo y la historia en nombre de la realidad intemporal; el chino, en cuanto permanece fiel a sus módulos heredados, desprecia el cambio y no se preocupa en hacer historia. El occidental, en cambio, necesita del tiempo y de la historia; con temporalidad e historicidad amasa su vida.
Como dijimos, la palabra del Occidental es: “yo”. El yo actual del hombre, de cada hombre, es una realidad ilimitada e imperfecta que de ninguna manera podría convertirse en la clave de una cultura. El occidental afirma su alma presente, pero no se contenta con ello. Busca él también un infinito, pero lo quiere en términos de alma, profundizando en la suya, y no renunciando a ella como los hombres de las otras culturas. El yo que el occidental afirma es doble: sin duda es su propia realidad existente, pero lo que da sentido a esa actualidad es la posibilidad infinita que en ella presiente o descubre. El hombre lo es en cuanto da sentido a su vida, y darle sentido es justificarla.
El oriental queda justificado al remitirse a una instancia que lo supera y lo anula; el occidental vive justificándose cada día y aun a cada instante, justificando su ser efectivo por su ser anhelado, bregando por realizar –entre tropiezos y desfallecimientos- la imagen idealizada de sí mismo, tratando de implantar en su propio yo incompleto el yo absoluto capaz de satisfacerlo. La historia del Occidente es la pugna del sujeto relativo por corregir su relatividad y levantarse sobre ella, la peregrinación del individuo en busca de la persona.
El sujeto se pone ante su objeto, ante el mundo, guardando distancia, manteniendo con él un severo frente a frente. Desde el principio toma en cuenta que en el conocimiento se contrapone él, el sujeto, a algo que no es él, el objeto, y se resuelve a conservar la separación entre ambos.
Cada uno afirma una cosa con alcance universal y único, y sus tesis, es cierto, difieren, se contradicen y entran en conflicto; pero reparemos en que todos, tácitamente, vienen a sostener también algo en lo cual sin excepción coinciden: el derecho y capacidad del sujeto para abarcar la realidad, para decir lo que es; la consistencia y dignidad del cognoscente ante lo conocido o por conocer.
En cambio, el sujeto Oriental se halla dominado por la convicción de ser la parte inseparable de un gran todo, cuando no un accidente insignificante, y no confía en sí mismo, no cree que su razón pueda aprisionar cognoscitivamente el mundo en una red de juicios. Tampoco exige al conocimiento que le traiga la realidad transformada en imágenes y nociones, para enriquecer con ellas su ámbito interior, sino más bien que le entreabra una puerta para ingresar él mismo en la realidad y anegarse en ella. Ésta noción Oriental es comparable con la posición de fe de Parménides en la inteligibilidad plena de lo real; con la doctrina platónica de que ha sido dado al hombre en una vida anterior contemplar las Ideas cara a cara; con la opinión de Aristóteles de que la inteligencia es aquello que por su esencia lo abraza todo y puede llegar a ser todas las cosas; tesis todas ellas que levantan al hombre al nivel de lo absoluto, pero sin asimilación a lo que no es él, sin renuncia a su ser individual. El oriental entiende el saber como fusión, y aun como una fusión cuya consecuencia es la autoinmolación del sujeto; el occidental lo concibe como una contemplación que avanza en ahondamiento, en precisiones, en especificaciones; como un progresivo dominio intelectual sobre el objeto. El occidental se construye dentro de sí la meta de alcance absoluto cuya persecución dará sentido a su existencia; esa meta es el espíritu en su realización personal y colectiva, la individualidad humana como persona y la comunidad como el consorcio de las personas libres e iguales. Este hombre no ignora ni desprecia el mundo, pero tampoco se anula ante él.
El Occidental se resuelve a ser, a no dimitir ni entregarse, a no renunciar a aquello que siente en sí como realidad o como germen. Y al pugnar por atribuir sentido a su vida, halla en sí mismo, en la parte o componente espiritual de su alma, la instancia capaz de satisfacerlo. El espíritu es, como ya se indicó, un absoluto; en la realización del acto espiritual, el sujeto se levanta sobre cualquier particularismo, sobre toda limitación individual, y opera como si un ser universal habitara en él.
La dualidad de psique y espíritu, como se observó ya, es condición general del hombre, y de ninguna manera peculiaridad del occidental. Lo propio del occidental es la energía que alcanzan en él estos dos principios y, como consecuencia de ella, la aguda contraposición entre ambos, con frecuencia sumamente violenta. Para el hombre occidental, el principio espiritual no es sólo, como para los demás ejemplares humanos, uno de los componentes actuales de su interioridad, sino además una meta, un programa, un destino. Al elegirlo como la instancia de absoluto o de infinitud que dará sentido y satisfacción a su vida, no pueden bastarle sus manifestaciones presentes, incompletas y precarias, en constante peligro frente a las resistencias del orden natural, ante el reclamo potente de las necesidades vitales, los instintos y los intereses individuales de todo género. Centrar la vida en sí y buscarle la suprema justificación por el lado de la espiritualidad, de ninguna manera equivale a contentarse con la dosis de espíritu que advierte en él y comprueba en sus semejantes en un momento dado. El triunfo definitivo y completo del principio espiritual, su soberanía plena en el alma y en la configuración de la vida, es lo único capaz de contentarlo, y así queda dibujado el ideal cuya esperanza de realización dará sentido a su existencia.
Ahora bien, el occidental, que de antemano se ha negado a cumplir esta exigencia por la sumisión a algo ajeno a él, por el sometimiento o la dimisión, afronta la grave tarea de agrandar en sí el principio de estirpe universal que lleva dentro; de traer a si íntimo recinto todo lo existente, en los términos de conocimiento, en el saber gobernado únicamente por el criterio de la verdad; de organizar paulatinamente la convivencia en cuanto consorcio de personas y según las normas de la ética. Todo esto supone la lucha contra aquellos intereses y fuerzas que se oponen a la vigencia del principio espiritual, contra los móviles individuales adversarios de los de alcance universal; lucha en el tiempo, larga pugna que es la historia.
El occidental se llega a sentir el responsable del mundo. El occidental es activista. Es intelectualista y finalmente, el occidental es individualista. Cierto es que, debido al anti-intelectualismo, anti-activismo y anti- o supra-individualismo la cultura occidental está sufriendo una gran crisis.

lunes, 8 de agosto de 2011

Superhombre, la muerte de Dios y La Voluntad de poder (Nicolás)

Tras la muerte de Dios, el verdadero lenguaje del hombre no es ya el nombrar a los Dioses, la invocación de lo santo. Ahora el lenguaje del hombre, es el lenguaje del hombre al hombre. La proclamación de la suprema posibilidad humana, la doctrina del Superhombre.
Muerto Dios suceden dos cosas: 1º surge el peligro de un tremendo empobrecimiento del ser humano, de una horrible trivialización en un ateismo superficial y en el desenfreno moral; la tendencia idealista se atrofia, la vida se torna “iluminada”, racionalista y banal. O también, 2º la tendencia idealista permanece, pero no se pierde ya venerando lo creado por ella misma como si fuera algo extraño, el Dios transmundano y el decálogo por él promulgado, sino que cobra conciencia de su naturaleza creadora y proyecta ahora conscientemente nuevos ideales creados por el hombre.
Tras la muerte de Dios, hay que mantener el carácter heroico de la existencia humana, ¡firmemente! Hay que devolver a la vida, aquellos que, como Dios, parecía extraño y perteneciente al más allá.
Ni una libertad para Dios, ni una libertad para la nada, sino libertad para la tierra. Donde se hallaba Dios para el hombre prisionero de su auto alienación se encuentra ahora la Tierra.
Ahora bien, esta idea de superación no está fundada en una idea darwinista, ni en una hipótesis-científica-natur al, el hombre es un ser que se supera a sí mismo porque en él la esencia universal de la vida en cuanto tal, la voluntad de poder se conoce y puede conocerse a sí misma. ¡Conocer la voluntad de poder, exige al mismo tiempo, la muerte de Dios! –Y viceversa-
Existen transformaciones del espíritu que permiten el pasaje de la auto alienación a la libertad creadora que se conoce a sí misma o bien, el pasaje del “tu debes” al “yo quiero”: En principio el camello, el hombre que se inclina ante la omnipotencia de Dios, ante la sublimidad de la ley moral, se arrastra y se carga voluntariamente con los grandes pesos, es el hombre del idealismo, el que no desea tener facilidades, desprecia la ligereza de la vida ordinaria y pequeña, quiere tareas en que demostrar sus fuerzas y está sometido y restringido –voluntariamente- al mandamiento “tu debes”.
El león, en el que la moral se auto-elimina a causa de la veracidad (por motivos ideales tiene lugar la inversión del idealismo), el que arroja de sí las cargas que lo agobiaban –desde fuera-, el que lucha con su último Dios “la moral objetiva”, el que libera la libertad que en él dormía (la libertad del león sabe decir “¡No!” porque es una libertad negativa), es el que se da cuenta de que Dios, la moral objetiva y la cosa en sí metafísica son ilusiones de una auto alienación idealista, en fin, el león es la libertad de… pero no la libertad para…
Negar los valores antiguos y vulnerables, negar la trascendencia de tales valores, la salida de la auto alienación de la existencia humana no es todavía una proyección nueva, no es aún una nueva productividad creadora, constructiva, de la humanidad liberada.
El niño, por último que es un santo decir “Si”, es la libertad positiva, la libertad creadora. Es el juego –no es ya pleno juego dionisiaco del mundo, no es el juego del fondo primordial, que edifica y destruye el mundo fenoménico. Más bien se lo concibe como el juego de la estimación axiológica del hombre, como la proyección lúdica de mundos de valores-.
El conocimiento de la muerte de Dios se expresa en:
“La virtud”, antes del cambio, como un sueño de la vida en el que el hombre no ha despertado todavía a sí mismo.
“El trans-mundo”, que tiene origen terreno, es un sueño, mediante el cual quiere el hombre redimirse de su sufrimiento.
Y el “Desprecio del cuerpo”, voluntad de decadencia que se desconoce a sí misma.
Dios no limita más al hombre, por lo tanto, su terreno de juego de la libertad, es inabarcable. Pero no nos confundamos, el hombre NO ocupa el lugar de Dios, lo hace la Tierra –tal vez sea una Diosa antiquísima, pero una Diosa informe, sin perfiles, que está cercana y es difícil de aprehender-.
De lo anterior se deduce la doctrina de la voluntad de poder, el hombre transformado, hecho niño, es el creador. El hombre autentico, esencial, el “creador” no significa el hombre de trabajo, sino el hombre que juega creando, que dicta valores, que posee una voluntad grande, que se marca una meta, que se aventura a trazar un nuevo proyecto.
Esto es posible sin Dios. Ya que éste es una contradicción de la libertad humana. ¿no existe limites para este nuevo hombre? Si, el único límite de su libertad soportable es la Tierra. Es decir, no el poder de un Ser aislado y extraño, sino la omnipotencia como potencia propia del universo.
Antes, se desvalorizaba la voluntad de futuro del creador por la misma actitud idealista que negaba el tiempo, haciendo de éste un mero fenómeno. La muerte de Dios representa la desaparición de tal negación y el reconocimiento del tiempo como dimensión verdadera de todo Ser. Nietzsche quiere restituir el Ser –entendido como “Tierra”- al tiempo y pensar una conexión fundamental entre Ser y Tiempo (tiempo real, que no podemos pasar por alto ni superar, el ir y venir de las cosas, el cambio permanente. Es decir, el cauce del creador)
El creador está dentro del tiempo, su crear consiste en edificar y construir, en proyectar metas finitas y superarlas, ¡hay que experimentar y reconocer nuestra finitud!
Proyectarse hacia posibilidades futuras no es más que la finitud y el tiempo mismo. O dicho de otro modo, el Querer (destruir lo que era y buscar lo que todavía no es)
El más acá, lo terreno y mundano, lo espacio-temporal, que es el escenario de nuestra vida, no está ya desvalorizado como algo provisional, superficial e inauténtico. El verdadero mundo no está situado más allá del espacio y del tiempo, como cosa en sí a la que únicamente puede llegarse con el pensamiento, como reino de las ideas, como dios y su reino celestial.
Ahora, ¿Qué quiere decir que el espíritu y el alma son solo algo del cuerpo? En el viraje existencial hacia el superhombre, el espíritu y la libertad se reintegran a la tierra, se reconocen como una parte de ella.
El cuerpo es la realidad terrena de nuestra existencia, es la única realidad. Somos tierra. Las cosas, lo existente individual ha surgido en cada caso de la Tierra, ha salido de ella, pero sin por ello haberla abandonado. La Tierra es el fondo sostenedor sobre el que descansa todo existente finito. Está presente en todo, y no está ni lejos ni cerca. Está permanentemente presente, pero nunca es objeto.
¿La Tierra es algo meramente existente? Y por lo que acabamos de decir lo podemos negar, agregando que es lo que hace surgir todo de sí. Tierra es Poiesis. Y de igual manera ve la definición esencial del hombre en su creatividad. En su libertad creadora.
Ahora bien, todas las cosas, ya sean hombres o animales, o simples piedras del campo, son productos de la Tierra, creación de su vida que engendra y que da, que regala. Ésta vida de la Tierra es para Nietzsche, la Voluntad de Poder.
Amor, muerte y placer; noche, insondeabilidad y sepulcros (“Canción de la noche”, “Canción del baile”, “Canción de los sepulcros”): todo esto vibra en la llamada cantarina de lo femenino, de la Mujer de las mujeres, de la que da a luz todo: la Tierra.
En el capitulo “de la superación de sí mismo” dice que el pensador parece ser contrario a toda voluntad de poder; es la entrega pura, no enturbiada por ningún interés, del hombre a lo que existe. Con conceptos se explica el pensador lo existente, detiene el curso del devenir, petrifica en productos estables lo que en verdad jamás se detiene.
Claro, que la superación de sí mismo no tiene aquí un sentido ascético; es precisamente lo contrario de ello. La vida posee una tendencia a ascender, crea productos de poder y no se detiene jamás. Es inquietud y movimiento (no un movimiento lineal, que no se trasciende nunca a sí mismo)
La vida no es una corriente que lo abarca todo, sino más bien, la lucha constante y el antagonismo de todo existente individual contra todos los demás. Forma las tensiones polares en que todo lucha contra todo y sin embargo, ella, envuelve todas las cosas. Éstas, no desaparecen sin más en la indistinción de la vida que todo lo rodea, no se disuelven en ella, antes bien, son lanzadas a la contraposición y la lucha. En el juego de la vida, mora la diferencia.
La Voluntad de Poder no es la tendencia a detenerse en una posición de poder ya conquistada, sino que es siempre voluntad de sobreponer y de sobre dominio. La voluntad de poder hace tales a todas las cosas finitas y las mantiene en movimiento en el antagonismo de la discordia y la lucha. Ahora bien, Nietzsche llega a la voluntad de poder partiendo del hombre creador. Y ambos no son, sin el Tiempo.
El Tiempo, que se desliza más silenciosamente que cualquier otra cosa, es un problema pensarlo en relación al Poder. ¿Es el Tiempo una sucesión infinita de momentos, que todo lo sido está fijo y únicamente lo futuro constituye el ámbito de la Voluntad? ¿No le queda a la Voluntad de Poder otra cosa que reconocer el poder superior del Tiempo, Poder que se encuentra en la fijación de lo sido, es decir, no le queda otra cosa que reconciliarse con el Tiempo inexorable? ¿Puede la Voluntad querer solo ilimitadamente hacia adelante y jamás hacia atrás?
¿Existe un saber más profundo acerca del tiempo para poder dar con estos problemas? Si, lo que Nietzsche expondrá en la tercer parte del Zaratustra, el Eterno Retorno de lo mismo.

Resumen, de los capitulos: "Superhombre y la muerte de Dios" y "La Voluntad de poder" en Fink, La filosofía de Nietzsche

lunes, 30 de mayo de 2011

Aristóteles (Nicolás)

“...la idea de presencia en el sentido de parusía… permanencia. Y ahí otra vez por supuesto que Aristóteles no puede evitar caer en lo que tal vez, no exactamente en lo mismo que el le critica a platón porque este primer motor, objeto de la metafísica, no es un ente místico. Más bien es el resultado deductivo del pensamiento. O sea, si hay sustancias móviles y corruptibles, entonces debe haber una inmóvil e incorruptible, postulada como primer motor, para no ir al infinito en la explicación. O sea que en ese punto, Aristóteles deduce la necesidad de la afirmación de un primer motor. Pero, no salva la distancia del dualismo platónico. Porque después él dice en el libro XII: el primer motor es, motor porque mueve, pone en movimiento sin ser movido. Y otra vez está el problema de cómo explicar la relación de movimiento entre un ente inmaterial de los entes materiales. La explicación que da Aristóteles es que, es una explicación, en todo caso, que está bien, no es mística como el considera la explicación platónica, o sea no es metafórica pero es extremadamente intelectualista, lógica. Dice: el primer motor mueve como aspiración porque siendo acto puro, o sea: perfección, realización completa de todas sus potencias o ausencia completa de toda potencia, en cierto modo todo ente, aun los entes más… las sustancias más imperfectas, en todo ente el movimiento y el pasaje del acto a la potencia es como, digamos así una tendencia a actualizar completamente las potencias. O sea que todo ente tiende a un sin alcanzar, tiende a su realización completa y el tiempo o el paso del tiempo y el movimiento es justamente ese pasaje de los estados actuales a los estados potenciales. Lo que pasa es que ninguna sustancia alcanza a desarrollar completamente todos sus estados potenciales, pero en cierto modo es como si aspirara, dice él, el primer motor mueve por aspiración como modelo, como si aspirara cada ente particular a realizarse completamente y en ese sentido toma entre comillas como modelo al primer motor. O sea, hay también algo de lenguaje simbólico, si se dan cuenta, en Aristóteles. Y por eso también, la posición aristotélica pudo ser conciliada con la concepción de la teología medieval, en Tomás de Aquino. Tal vez no hay la cercanía que si tiene el pensamiento platónico con el mito y hay por supuesto la decisión consiente de Aristóteles de depurar el pensamiento del mito pero no escapa Aristóteles al encuadre general del pensamiento antiguo, como un pensamiento ontológico....”

Desgrabación de clase de "Historia de la Filosofía antigua". Año 2008, I.S.F.D Nº41 de Adrogué, Magister dixit: G.G